El pescador del nuevo milenio

Vivimos un punto de inflexión de la humanidad. Una civilización mentalmente adolescente y descontrolada se está fagocitando los recursos del planeta a una velocidad de vértigo, mientras la conciencia viaja a paso de tortuga. El tercer milenio trae un mensaje claro: o se cambia o se muere.

De no haber un giro completo en la política del poder mundial, de permanecer todos cruzados de brazos, habrá muy malas noticias, las peores. La superpoblación, la contaminación del aire y el agua, el vaciamiento de los océanos, la incesante tala de bosques y selvas, y la alocada carrera nuclear, entre otras truculencias, están acotando la supervivencia de la biota terrestre a una fracción cada vez más despreciable. No importa si somos efímeras, hombres, salmones atlánticos, ballenas azules o lahuanes, tarde o temprano no habrá sitio donde guarecerse.

Tal como están las cosas existe un 95 % de posibilidades de que todo empeore y un 5 % de que vaya para mejor. La diferencia es abrumadora, y es tremendamente fácil entregarse y desilusionarse. Pero ese 5 % representa por lejos lo mejor de nosotros, y créanme, vale la pena luchar por ello. Si no claudicamos, si la hormiga persiste contra el elefante, mañana puede ser un 94 % contra un 6 % y el año que viene 90 % vs 10 %. Y quien sabe si antes del final nos convertimos en los accionistas mayoritarios, asegurando la supervivencia y la calidad de vida de nuestra especie, y la de todas con las que compartimos el planeta. Ese maravilloso compromiso con el 5 % (que empieza inexorablemente por uno mismo) es el único camino posible, por no decir la única esperanza que tenemos.

Un tema realmente grave es el estado de alineación de nuestras mentes. Vivimos tan desconectados de la verdadera naturaleza, que en nuestro afán de acumular bienes completamente intrascendentes estamos dilapidando lo fundamental. De qué nos sirve el actual estado tecnológico, si por ejemplo, algo tan natural y placentero como disfrutar del sol con nuestros hijos se transformó en un coqueteo con la muerte. De qué nos sirven las ventajas económicas de los organohalógenos, por ejemplo, si tarde o temprano terminan disueltos en nuestro cuerpo y nos matan a la mitad de nuestra expectativa de vida.

Alguien tiene que frenar esta locura, y en esta ardua tarea los pescadores tenemos para hacer mucho más de lo que imaginamos. Estoy convencido de que lo más importante de la pesca es ayudarnos a poner de una vez por todas los pies en la tierra y que nos conectemos nuevamente con el vientre que nos concibió: la naturaleza. Metiéndonos entre sus fibras íntimas, gozándola y entendiéndola. Ser un buen pescador requiere, tarde o temprano, de una gran permeabilidad a los fenómenos naturales básicos. Implica el renacer de una pulsión sumamente poderosa, hoy profundamente dormida: el instinto. Si antepusiéramos a la realidad el simple instinto de supervivencia que manifiesta una presa ante su predador o ante la defensa de sus crías, tendríamos la mitad de la batalla ganada. Piense en las diferentes proyecciones adultas que le esperan a un niño criado en contacto con la naturaleza y a un pobre “bichito de departamento” que solo conoce el mundo a través de la televisión y la computadora. Luego piense cuan diferente puede ser la sociedad del futuro, en función de que porcentaje representen ambos grupos. Cuanto podríamos avanzar sobre la agresividad, la depresión, el vacío existencial y decenas de otras afecciones del comportamiento, tomando por el desintoxicante atajo que nos propone el aire libre.

Es imposible amar algo que no se conoce, y la vida agreste que provee la pesca puede ser gran comienzo. No veo mayor orgullo en este libro que, desde los ojos de un pescador, dar a conocer una porción de ella para que sea amada y resguardada. Aunque la gran mayoría de los ambientes descriptos en la obra aún son bolsones mundiales de tranquilidad y de pureza, ¿cuánto tiempo les queda?

Hablando de pescadores, el cambio empieza por casa. Dejemos de evadir nuestras responsabilidades, escondiéndonos detrás de demonios como las represas y la pesca comercial. Dejemos de arrasar las aguas como langostas. Dejemos de ser una fuente de autodestrucción para ser una de autoesclarecimiento. Aceptémoslo, la caña puede hacer mucho daño y el que la porta aún más. Al igual que el mal comportamiento hace metástasis con facilidad, el bueno (de persistir) posee un enorme efecto multiplicador. Si no predicamos con el ejemplo ¿quién nos creerá?, ¿con qué derecho nos atreveremos a hablar?

En el contexto de nuestro humilde papel, existen pensamientos cuya implementación redunda en grandes beneficios. De menor a mayor, aquí va una lista más que realizable. Usted decide de que lado pararse.

  • -No deteriorar el ambiente, o mejor aún, dejarlo en mejores condiciones del que se lo encontró. Respetar los reglamentos y las recomendaciones. Acatarlos no es atenerse a un montón de frases estúpidas, es asumir un compromiso de convivencia con el lugar, con nuestros pares y sobre todo con las generaciones futuras. Simplemente, si todos los usuarios del recurso se atuvieran a las leyes existentes, inmediatamente se generaría un impulso trascendental.
  • Conviértase en un activo “denunciante”. En muchos ámbitos basta dar una simple recorrida para advertir que son más los pescadores en infracción que los que cumplen el reglamento. ¿Si alguien viola nuestro domicilio, vacía el basurero sobre la alfombra, rompe los muebles que haríamos? Operemos de la misma manera cuando una caterva de inadaptados organiza una quema de San Fermín, masacra peces a granel, dispara a cuanto animal se le cruce o deja el lugar hecho una inmundicia. Cuando nos volvemos testigos de un atropello al ambiente y no lo hacemos saber a las autoridades nos transformamos en cómplices. Hay que romper con el falso concepto, muy arraigado en nuestra idiosincrasia, del que denuncia es un “buchón”. En materia de conservación ambiental este pensamiento es la madre de todas las imbecilidades. Tomar la decisión de denunciar una infracción y hacerse cargo de la responsabilidad, es infinitamente más molesto que seguir de largo como si no viéramos nada. No actuar, simplemente por comodidad, nos transforma en despreciables. A la hora de dar un aviso existe una regla de oro: siempre debe quedar algo por escrito. Una denuncia sin comprobante no es denuncia. Y este detalle resulta vital en la mecánica de las instituciones encargadas del control, acunadas en varias décadas de un estado ineficiente. No escatime aguijonazos a los contralores perezosos que prefieran pasar la tarde a la sombra o tomando mate. Como en todas las cosas siempre hay un comienzo. Póngase como objetivo “su primera denuncia” y tomará conciencia del pequeño gran aporte que puede realizar, perdiendo algunos minutos de su tiempo.
  • Ante el arrastre acumulado por décadas de desidia, un paso loable es unirse a una asociación no gubernamental. Si piensa que este punto es innecesario, debo decirle que se encuentra muy equivocado. Sea cuidadoso y elija aquella que considere más seria y activa. Si la de su ciudad no le convence, no es excusa. Con envíos a distancia puede hacer llegar su aporte a cualquier punto del país. En el contexto actual de desamparo político, el accionar de las ONG es determinante. Sus fuerzas dependen de dos puntos: sus fondos y sus asociados. Sumarse y mantener su cuota al día ya es un aporte valioso. No es lo mismo un reclamo de cien personas que de tres mil, y eso los políticos lo saben bien.
  • Si ya está dentro de una y cuenta con el tiempo necesario, comprometa fuerza de trabajo e ideas. Si vive cerca de los lugares de pesca, existen cientos de aportes simples que pueden ayudar mucho. No vendría mal que los asociados perdieran un día de pesca de tantos, dedicándose a una gran limpieza tipo “El día de los ríos limpios”. Captar jóvenes y niños es una idea excelente. Ellos no tienen dinero propio, pero su entusiasmo bien encaminado puede dar frutos importantes. Hacerlos participar de programas de mejora ambiental o siembra marca su conciencia de por vida. Una campaña de difusión, donde sean chicos los que se expresen, sería una idea brillante. No existe mejor inversión que educar en las escuelas. Pueda ser que una porción destacable de la generación con poder de decisión este corrompida. Pongamos todo nuestro esfuerzo para que la que nos suceda sea mejor que la nuestra. Si vive en una gran ciudad, no significa que no hay trabajo para hacer. La gran ventaja de las urbes es su cercanía con los centros de información y de poder. Aquí la consigna es sacar el mayor provecho de ello.
  • Por último un mensaje a todos aquellos que tienen poder de decisión en organismos de conservación y ONG. Hoy más que nunca es necesario dejar de lado las diferencias y trabajar sobre las coincidencias, sembrar sobre el enorme potencial de empujar todos en la misma dirección. Por dar un ejemplo burdo, pero claro, las organizaciones de vida salvaje recargan las tintas sobre Parques, Parques sobre los pescadores y las asociaciones de pesca entre ellas en una rueda interminable en la que todos se miran por encima del hombro como si fueran los únicos dueños de la verdad. Si dejamos de hacer foco sobre nuestro pequeño huerto, si asumimos el compromiso de ver las cosas muy por encima de nuestra “conveniencia” nos daremos cuenta que al fin de cuentas todos queremos “prácticamente” lo mismo. Dejemos de lado las “pobres” cuestiones que nos separan y actuemos sinérgicamente sobre los espacios comunes. Esta es la única manera de activar el “compromiso del 5%”, y llegar a donde queremos antes de que sea demasiado tarde. Que el árbol no nos tape el bosque. Los peces solo pueden vivir en ambientes sanos. Su preservación no es un simple asunto egoísta, privativo de los pescadores. Los peces son parte de la punta del iceberg, y conservando su medio lo conservamos todo.